Pablo Huneeus

Para pensarla:

¿Qué haría el capitán del largo y angosto buque si choca un escollo? ¿Cuidaría a sus pasajeros o, tal como el del "Costa Concordia", se salvaría él primero?


LA NOCHE QUE INCENDIARON LA CARPA DE PARRA (marzo 1977)
por Pablo Huneeus

Para entender el ambiente de agobio y desesperanza que imperaba al momento de ocurrir los hechos aquí narrados, ten presente que ocurren a 172 días de perpetrarse el magnicidio del diplomático Orlando Letelier Del Solar, y a 98 de promulgarse el Decreto Ley 1606 de la Junta Militar de Gobierno que grava la cultura (libros, pinturas, artesanías, música y espectáculos) con el Impuesto al Valor Agregado, IVA.

Capítulo XII y final del libro “En Aquel Tiempo” 13ª Edición, Agosto 2011:

“En la pared frente a mi escritorio, bajo una reproducción de Corot y detrás de una escultura de Domingo Llanos, hay un afiche que dice:

“TEATRO LA FERIA presenta HOJAS DE PARRA
Salto mortal en un acto con textos de NICANOR PARRA con
JOSE MANUEL SALCEDO / JAIME VADELL
Los payasos Polito/Matita/Pitito
El alambrista Oscar Ríos
La malabarista Roxana”

Es el programa de una obra, mitad tragedia, mitad comedia, que alcanzó a darse nueve noches en una carpa de circo que pusieron en un sitio eriazo de avenida Providencia con Marchant Pereira, frente al solemne “Banco de Chile”, donde ahora hay una torre de cemento
...
Estamos en la típica carpa de circo pobre, sentados sobre gradas de tablones, mirando el ruedo central a la espera de que se inicie la función. Un auxiliar tensa los trapecios, vendedores ambulantes recorren la galería ofreciendo maní tostado y confitado.

Costó, sí, conseguir entradas. En cuanto la estrenaron, la gente se abalanzó a verla. En un país bajo toque de queda desde las once de la noche hasta las seis de la mañana, en que nadie se atrevía a disentir del credo absoluto, esta obra pasó a ser la novedad a vuelta de vacaciones. Sin embargo, el diario “La Segunda” (28-feb-77) la acusa de injuriosa a la Junta Militar, y se teme que la cierren.

El público es ecuménico. Hay desde duques del antiguo régimen hasta economistas de la nueva clase. Si la política quebró la República, el arte la une.

Aparece el típico señor Corales (Salcedo) y con voz rimbombante anuncia los números: El equilibrista Ríos, el médico a palos, el verdugo imaginario, el trapecista Poli, el cesante fortuito y la malabarista Roxana, quien hará el show de la cuerda floja, espectáculo de baile rítmico que gran cantidad de chilenos ahora practica a diario.

Con esa ironía, uno ve a la negrita Roxana con otros ojos. Ya no es la simple malabarista, es uno mismo en el circo pobre que es Chile, haciendo malabares para vivir.

En eso, aparece un caballero de cuello y corbata, muy elegante (Vadell) que pide suspender la función.

–¿Está loco? –dice el señor Corales –¿Cree que vivo de bolitas de dulce?

–Es que se trata de la proclamación para mi campaña.

–Menos todavía,– replica Corales. –Cuestiones políticas nica, ¿no sabe en qué país estamos?

El caballero ofrece buen billete, con lo cual la comparsa entera se pone altiro del lado del dinero.

Resulta que él es “don Nadie”, candidato a la presidencia. Pide que icen un lienzo, con el slogan de su campaña:

LA IZQUIERDA Y LA DERECHA UNIDAS
JAMÁS SERÁN VENCIDAS

A continuación, Don Nadie Dueño de Todo, expone su programa:

“Nadie le pondrá fin a la inflación.
Nadie reducirá los gastos públicos.
Nadie equilibrará la balanza de pagos.
Nadie respetará nuestros derechos.
¿Quién hará realidad nuestros sueños?
¡Nadie! (corean sus seguidores).
¿Quién sacará la cara por nosotros?
¡Nadie! (corea también el público).
¿Quién realmente dice lo que piensa? ¡Nadie!
¿Quién realmente piensa lo que dice? ¡Nadie! (risas)
¿Quién subirá los sueldos y salarios? ¡Nadie! (se grita fuerte)
¿Quién bajará los arriendos? ¡Nadie!
¿Quién le torcerá el cuello al cisne rubendariano? ¡Nadie!
¿Quién incrementará la producción? ¡Nadie!
¿Quién reestructurará la educación? ¡Nadie!
¿Quién acelerará la extremaunción? ¡Nadie!
¿Quién pondrá a Dios en el lugar que le corresponde? ¡Nadie!
¿Quién pintará de rojo los copihues? ¡Nadie!
¿Quién pintará los copihues de rojo? ¡Nadie!
Entonces todos a votar por Nadie.
¡Nadie al poder!
¡Nadie a la Primera Magistratura de la República!
Ambigüedad o muerte. ¡Venceremos!”

Entra un cortejo fúnebre. El señor Corales y su comparsa, ahora contratados de llorones para realzar el entierro, despiden al difunto con rimas del poeta Gustavo Adolfo Bécquer: “Dios mío, qué solos se quedan los muertos”.

Siguen otros números de circo propiamente tal, payasos y trapecistas. A todo esto, desde el inicio de la función y sin explicación, entra un mozo al ruedo a poner cruces de cementerio. Termina de instalar una, y al rato otra más. ¿Es el circo de gobierno que se convierte en mortandad? ¿Los payasos se vuelven asesinos?

Llega un contrabandista con su maleta. Cuando le preguntan que trae, se queja de la libre importación. Ahora se dedica a la mercadería prohibida: productos chilenos. La comparsa se abalanza a mirar las novedades.

¡Aprovechen!, que estas cuestiones van a desaparecer, agrega al abrir su maleta. Lentamente exhibe sus tesoros: ¡Medias Labán! ¡Jabón de tocador Rococó! ¡Un tarro de Cocoa Peptonizada Raff! ¡Una Sindelita!

Y para los niños, ¡un remolino de papel y trompos!

Es un sentido responso a la industria chilena, en medio de la batahola de importaciones que ha paralizado más industrias nacionales que tomas y terremotos juntos.

El número adquiere un aire emotivo cuando el contrabandista, siempre temeroso de ser sorprendido traficando cosas hechas en Chile, extrae de su maleta un disco de la inigualable cantautora Violeta Parra (1917–67).

Salta al ruedo el propio Nicanor, su hermano mayor, a rendirle homenaje, “bailarina del agua transparente, árbol lleno de pájaros cantores”.

En la penumbra surge la comparsa, ahora en romería a “la tumba del poeta desconocido.” En tono de letanía cantan:

“Manuel Magallanes Moure ¡Presente!
Alonso de Ercilla y Zúñiga ¡Presente!
Carlos Ibáñez del Campo ¡Presente!
El que te dije. (Silencio)
El que te jedi. (Risas del público)
Gabriela Mistral ¡Presente!
Pablo Neruda ¡Presente!
Lomito palta mayo ¡Que corra maestro!
Manuel Plaza ¡Que corra maestro!
Filete mignon champignon ¡Ausente!
Víctor Domingo Silva ¡Presente!
Constitución Política del Estado ¡En veremos!
Derechos humanos ¡Presente!
Humanos derechos ¡Ausente!
Anita Lizana, poeta de la raqueta ¡Presente!”

A todo esto, el ruedo se ha llenado de tantas cruces que hasta a los mismos payasos les queda poco espacio para actuar (ver Imagen). El señor Corales le pide al candidato, señor Nadie, que por favor interceda ante quien sea para arreglar esto.

–Por supuesto, –contesta muy amable, –Nadie le va a solucionar su problema.

En otro número, el señor Corales y don Nadie cantan:

“Lo queramos o no, sólo tenemos tres alternativas. El ayer, el presente y el mañana. En resumen, sólo nos va quedando el mañana Yo levanto mi copa por ese día que no llega nunca.”

Pero Nadie reacciona sin tardanza. Al día siguiente apa¬recieron inspectores municipales a notificar que no podía seguir dándose la obra porque la susodicha carpa carecía de urinarios acordes con el Código Sanitario.

Esa misma mañana la empresa constructora Edmundo Pérez (ahora a cargo del hijo) instaló los WC requeridos. El funcionario de sanidad levantó la sanción, pero cuando Nadie quiere algo, se hace. Al comenzar la función, llegó un piquete de carabineros, premunido de una orden del alcalde de Providencia para suspender la obra.

–¡Debe ser un malentendido! –le reclama Salcedo al oficial, –el alcalde quedó de recibirnos mañana a las 11:30.

Como la función ya había comenzado, para no crear alboroto –Nadie teme al alboroto– dejaron terminarla.

Esa misma noche, en horas del toque de queda, cuando sólo agentes de gobierno pueden circular, Nadie, nunca se supo quién, le lanzó a la carpa dos granadas incendiarias. Ardió en minutos, antes de arribar los bomberos.

Ver para creer, a primera hora (viernes 11-mar-77) fui a mirar los estragos. Quedaban sólo unas varas mojadas, medio chamuscadas, y el ruedo del circo estaba intacto (era de tierra al fin). Los trapecios, el armado de la cuerda floja, los altoparlantes, las gradas, todo en el suelo. El fuego había consumido el tabique de los baños, dejando los flamantes excusados a pleno sol, cual sepulcros blanqueados. Al salir, noté las miradas gélidas de dos agentes. Nadie me vigilaba.

Temeroso, al terminar de hacer clases, enfilé hacia la casa quinta de Nicanor a los pies de la cordillera. Toco la campana de iglesia que tiene a la entrada y sale el poeta en bata. No, no ha venido persona alguna a verme. Supe por la radio, no tengo idea. ¿Qué sabes tú?

Estaba solo, con sus canas más electrizadas que nunca, aterrado de que vinieran a llevárselo preso. No quería que me fuera. Preparó té, calentó pan y mientras oscurecía, me entretuvo hablando del poeta germano Rainer M. Rilke. Pero no era el simbolismo de sus versos el problema, era el significado de lo sucedido.

El mensaje era claro. Estaba prohibido usar la cabeza para algo más que pegarle a la pelota. Ingenio, sátira, o arte vivo, ¡no! Se había iniciado el apagón cultual.

Guardé el programa en recuerdo del último suspiro de la primera de las libertades, la de expresión. Al final dice, como cerrando el telón de aquel tiempo:

Anda risa con llanto
Se acabó el canto.”

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