Pablo Huneeus

EL QUILLAY QUE NUNCA FUE REGADO
por Pablo Huneeus

Desde tiempos inmemoriales –no se sabe, nadie lo vio nacer– el quillay que nos ocupa estaba en el cerro Manquehue, el más alto del valle de Santiago (1.638 m), adornando una calle del sector Lo Curro que traspasa la formación boscosa (litres, peumos, espinos y quillayes) de su ladera oriente.

Geológicamente hablando, el Manquehue es un volcán apagado, y en los 19 millones de años que lleva sin eruptar ha protagonizado mucho alud y derrumbe cuya extensión es fácil apreciar a simple vista: es todo laja rojiza y tierra suelta.

Para los baqueanos del valle, es un anunciador infalible del tiempo: si la cumbre se cubre, es porque tormenta viene.

Su nombre -lugar de águilas- emana del águila mora «Geranoaetus melanoleucus» que aprendió a usar los vientos ascendentes de media tarde para permanecer suspendida en el aire hasta abalanzarse en picada sobre el lagarto o perdiz que haya dispuesto para la cena.

Otros miembros de la fauna de este cerro son el cururo «Spalacopus cyanus», un pequeño roedor que no se deja ver; el zorro culpeo «Lycalopex culpaeus», perseguido por los perros que la gente echa a la calle; el monito del monte «Dromiciops gliroides» un diminuto marsupial emparentado a sus congéneres de Australia; el caminante empedernido que sube en silencio a la cumbre; y el vecino recatado, especie esta última en vías de extinción.

Siendo el Manquehue un empinado faro a todo sol, no tiene agua, glaciares ni vertientes por lo que ha obrado una selección natural de los árboles que alberga en sus faldeos. Deben ser capaces de resistir a secas cuatro meses de canícula, de tener fibra para sujetar su tierra natal durante los aguaceros que le caen de golpe en invierno y de dar, desde su tierna infancia, hojas duras, mas bien leñosas, que ningún mamut, llamo o chivo quiera masticar.

El litre, «Lithraea caustica», en su lentitud para crecer va formando con la hoja su propia capa vegetal, la que atesora bajo su follaje para nutrir sus raíces rojas, de madera firme como roca, usada por nuestros antecesores para labrar machacadores de grano, estribos, estatuillas y ejes de carreta.

Como queriendo la naturaleza compensar la hostilidad del litre, famoso por las ronchas que deja su polen, lo acompaña siempre el dulce boldo «Peumus boldus», codiciado por su fragancia y por su efectividad para limpiar de lombrices el intestino.

Por su parte, el peumo «Cryptocarya alba» es cuestión de tiempo o de riego, crece contra la gravedad hasta alcanzar cuarenta y más metros de altura.

En el caso del quillay, «Quillaja saponaria», siendo también oriundo de la zona central de Chile, la medicina incásica bien conocía las propiedades desinfectantes de su corteza, que molida actúa como jabón y robustece la cabellera. En España e Israel han introducido estos aguerridos árboles para forestar zonas áridas y calurosas, como Castilla la Vieja, mientras a California los han llevado, con óptimos resultados, para ornamentación y freno a la erosión.

A solas, a la libre digamos, el quillay alcanza en sepa Dios cuántos años entre quince y veinte metros de altura. Pero si se les riega, sea con el desagüe de la ducha, como en mi casa, se disparan hacia arriba, felices de la vida. Ídem el litre, con un modesto gotero de verano, lo que era un matorral grisáceo abre sus alas para elevarse, entero de verde, como diciendo, gracias amigo por el vaso de agua.

La calle del quillay de marras se llama Vía Gris, es ciega, y está al final de la Vía Roja, que es por donde ascienden los devotos del Manquehue a ejercitar cuerpo y alma. Suben los domingo porque no hay templo más cercano al altísimo que la montaña, ni misa mejor para el espíritu que la caminata.

Pues bien, el lunes 9-abr-12 irrumpó de sopetón a dicha vía vecinal un camión gigantesco con una flamante retroexcavadora Komatsu encima, seguido de un chivateo de camiones tolva y un tractor de pala frontal, de esos para empujar tierra y cargar escombros arriba de los camiones, lo típico del matonaje de la construcción para dejar recto lo que la creación quiere rizado.

Al frente, 120 metros más arriba, en el sitio asignado con el Nº 9480 que acaba le adquirir el agente financiero Alexander R. Baumann, recién venido de Suiza a captar dineros de las Administradoras de Fondos de Pensión, desata el más violento ensañamiento contra el bosque nativo que haya padecido la comarca.

Nunca había visto tanta máquina y barrigón, –unos quince camioneros y tractoristas– empeñados en destruir tan pocos árboles.

Ese quillay, de unos 12 metros de alto, le expliqué al capataz, está en la vía pública, a menos de 7,50 m del eje de la calzada por lo que no deben tocarlo.

– El plano dice que por aquí va la entrada, –dice, –y por aquí tengo que pasar con el camino.

–Pero si se corre unos metros hacia arriba (el terreno tiene 60 m de frente) salva el árbol que, por lo demás, sujeta todo ese planchón de venirse sobre la calle.

Se dio vuelta sin responder, mientras el suizo no era habido, por lo que llamé a la Municipalidad de Vitacura.

A los minutos llegó una patrullera de Seguridad Ciudadana, cuyo guardia al volante pidió detener la actividad hasta no ver el permiso de construcción, que no estaba a la vista, como manda la ordenanza. Al rato, de la oficina del arquitecto mandaron una fotocopia del dichoso permiso y se reanudó la masacre.

Fue entonces, hacia las tres de la tarde, que me tocó presenciar la desigual lucha de una retroexcavadora venida del frío contra un árbol nativo que es patrimonio de todos los chilenos, y no ha hecho daño alguno a nadie.

Con la horquilla lo zamarreaban de las mechas y remecían de abajo. ¡Qué dolor cómo se iba de un lado a otro zumbando sus ramas como huascas al viento! Cual torreta de Panzer IV*, toda la masa de la Komatsu tomaba vuelo para embestir al quillay hasta soltar la tierra a sus pies.

Dejó ver el noble árbol sus poderosas raíces, más grandes y fuertes que el follaje. Si tenía doce metros a la vista, tenía su buenos veinte bajo tierra y de color blanco, cual muslos de gladiador.

“¡Que no quiero verla!
La vaca del viejo mundo
pasaba su triste lengua
sobre un hocico de sangres
derramadas en la arena,” (García Lorca: “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”.)

Un árbol cortado con hacha o motosierra cae con dignidad. Pero esto era ver un crucificado que lo descuartizan a sablazos. ¿Por que en Chile hay tanto odio al árbol?

Con el celular pude sacar tres fotos que dirigí, junto a la denuncia escrita, a la Dirección de Medio Ambiente de la Municipalidad, (Luís González Osorio, Ingeniero Forestal. Encargado de Arbolado Urbano) y a la CONAF (Andrés Flores del Castillo, Jefe Provincial RM)

Vinieron, pues el permiso de construcción, explicaron, no exonera del cumplimiento de la ley en lo que a medio ambiente respecta. En pauta con acuerdos internacionales de conservación de la naturaleza, hoy la legislación chilena protege, no sólo el bosque tupido, sino también las formaciones boscosas y ejemplares individuales de especies nativas, tanto en zonas rurales como urbanas.

Al rato pasó de vuelta la retroexcavadora, el tractor de pala frontal y los camiones que se aprestaban a retirar tierra vegetal. Cuatro citaciones ante la justicia le fueron cursadas al suizo, dos por la obra misma, que debe reunir ciertos requisitos como cierro perimetral, número y permiso a la vista, etc. y dos por daño al patrimonio natural y tala de bosque nativo sin plan de manejo.

O sea estamos ante lo típico del “se acata pero no se cumple” que rige a nuestro país. Arquitectos, paisajistas, empresas inmobiliarias, guardianes de la ley y las mismas municipalidades hacen todos gárgaras con el medio ambiente, pero de hecho son los primeros en transgredir los principios básicos de urbanismo y decencia.

El árbol por sí sólo no puede defenderse, menos si sus amigos siguen callados, no saben que la ley está a su favor, ni hacen nada por contener los abusos de que es víctima.

No murió en vano el quillay que nunca fue regado. Al exhalar sus últimas palabras cuando desnudaron sus raíces para arrancarlas de cuajo, en su lenguaje de crujidos lastimeros hizo saber que en la palabra está la salvación.

Sirve alegar. Aunque llegué tarde para salvar ese ejemplar ¡aún tenemos patria ciudadanos! el mismo aparato burocrático del Estado tiene mecanismos para defender la flora y fauna nacional. Es cuestión de alertar al mamotreto para que se mueva en la dirección correcta.
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* El tanque «Panzerkampfwagen IV», orgullo del nazismo, robusto y devastador, lideró la «Blitzkrieg», ataques relámpago del Führer contra países libres. Con un cañón de largo alcance y tres ametralladoras, motor de 270 hp, pesaba 25 toneladas.

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